Sé que cuando no te oigo es porque te he perdido. Otra vez.
Una sombra oscura y perversa te anima a que dejes brotar de tus dedos más largos callejuelas imposibles como las telarañas. Amante fiel de los laberintos, empiezas a andar fascinada por los caminos que has sido capaz de crear. Para que no te arranquen de esta pesadilla demasiado pronto, dejas un espejo donde una vez sonreiste en la fuente de todos los caminos. Y te vuelvo a perder.
Yo mientras tanto, nadando sin rumbo, me dejo arrastrar por las olas y el sol hacia orillas de las que no necesito el nombre. Yo, yo, yo. Y añadiré otro yo. El mar invade mis oidos, sólo me oigo a mi misma no diciendo nada, porque soy demasiado feliz como para pensar en ello.
Y en esta metalingüística de mi ser y no ser, te pierdo. Sin oidos, quedo lejos de ti para poder mirarte y ver que estás entrando en otro bosque de plata.
Sabes que te dejaría ir hasta donde tu quisieras, que no me preocupa que entres en los pozos más estrechos, que ya he cruzado mundos imposibles de tu mano muchas otras veces. Pero esta vez he llegado tarde y no sé dónde estás. Vendré a buscarte y espero que juntas podamos crear algún puente que nos conduzca a valles más suaves.
No corras y espérame.
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